LOS SIETE DOLORES DE MARIA

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LOS SIETE DOLORES DE MARÍA (PDF)

La vida de María está íntimamente unida a la vida de Jesús. María existe para Jesús, para ser su Madre en la carne. Los acontecimientos más importantes en la vida de Jesús, son también acontecimiento de primer orden en la vida de María. Los evangelios nos dan fe de ello.

Uno de estos acontecimientos que unen la vida de Jesús y la de María es la Presentación de Jesús niño en el Templo de Jerusalén, cuarenta días después de su nacimiento, como mandaba la Ley de Moisés, y su encuentro con el anciano profeta Simeón, según el relato del Evangelio de san Lucas.

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.

Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.” (Lucas 2, 22-35).

Vamos a rezar ahora la Corona de los Siete Dolores de María, según la tradición de la Iglesia. Aunque seguramente fueron muchos más, los que enunciaremos pueden ser considerados como los más importantes y significativos.

A medida que vamos repitiendo las Avemarías, pensemos en los sentimientos de Nuestra Señora, en las diversas circunstancias que tuvo que enfrentar como mujer y como madre en cada uno de estos momentos, y de manera muy especial, en la inmensa desolación que experimentó su corazón amoroso, en el desarrollo de la Pasión y Muerte de Jesús.

Hagámoslo con recogimiento y devoción, y ofreciendo a Dios el dolor de todas las madres de nuestro país y del mundo. El dolor de las madres de los secuestrados y de los desaparecidos; de los niños y los jóvenes que mueren a causa de la violencia. El dolor de las madres que pierden sus hijos en la droga y el alcohol, o en cualquier otro vicio que obnubila la mente y destruye la voluntad. El dolor de las madres que ven sufrir a sus hijos a causa de su pobreza, en cualquier lugar de nuestra patria y en todos los rincones de la tierra. Pidamos para todas ellas el consuelo y protección de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, colaboradora maravillosa de su Hijo en la salvación del mundo.

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